El siglo V a. C, es considerado como el siglo del esplendor griego, al alcanzar Atenas, su apogeo en diversas manifestaciones culturales, sociales y políticas, llevadas a cabo durante el gobierno de Pericles, quien fuera uno de los más importantes estratega y político atenienses. Atenas se transforma así en la principal polis del mediterráneo, debido a que con la instauración de la democracia directa, la participación ciudadana, y el desarrollo del comercio, se fomentó el desarrollo de las artes y las letras sentando las condiciones ideales para el florecimiento del teatro, la poesía, la escultura, la arquitectura, y la filosofía, que le otorgaron un resplandor que no se ha repetido en la historia.
Durante este gobierno, se modifica la política interior, al fortalecer la constitución democrática, ampliar los poderes de la asamblea y del jurado popular, permitir la participación de los proletarios en la magistratura y desarrollar la conciencia ciudadana, como así también la política exterior, al producirse la dominación de otras ciudades-estado. Ante esta situación particular, se establecen en Atenas un gran grupo de intelectuales, que buscan formar al ciudadano para la participación en la vida pública y política, a través del buen dominio de las leyes y las habilidades de oratoria.
Estableciéndose de esta forma los Sofistas, que eran considerados como maestros itinerantes, quienes a cambio de algunas retribuciones o recompensas, enseñaban muchas y variadas habilidades, entre las cuales se resaltaba su capacidad de actuar como consejeros sobre diversos temas. Dada la importancia de la argumentación y la participación en la vida pública, en asambleas y ante los tribunales, la habilidad retórica era muy preciada, por lo cual estos intelectuales eran muy solicitados como instructores a la hora de presentar un caso de la manera más favorable posible. A diferencia de los filósofos Presocráticos, los Sofistas no creían en el ideal de una verdad absoluta, sino que priorizaban el concepto de utilidad llevando a un escepticismo y a un relativismo subjetivo, que queda de manifiesto en la frase más importante de Protágoras, el más famoso de los Sofistas, quien afirmaba que “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”, en el sentido de que todo aquello que la persona concibe o percibe como verdadero, es verdadero solo para esa persona, nada puede ser absolutamente verdadero sino en relación con un determinado individuo, por lo que es imposible la creencia de una verdad universal y absoluta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario